sábado, 5 de octubre de 2013

Una tarde demasiado reflexiva.

No sé si es por la música que estoy escuchando en este momento, si es por el cielo que hoy está especialmente gris o es porque estoy estudiando demasiado, pero el caso es que hoy estoy nostálgica.
Llevo algo de tiempo mirando como una tonta por la ventana, imaginándome la de veces que la he visto mojada, deseando que lo estuviera en este momento. Quizá sea porque es lo que más se ajustaría a mi estado de ánimo. Llevo un rato pensando en lo mucho que han cambiado las cosas, en lo mucho que ha cambiado la gente, en lo mucho que he cambiado yo.
Puede que sea porque he estado mirando fotos de años atrás, pero me he puesto a reflexionar. He reflexionado y he caído en algo bastante obvio: el tiempo pasa demasiado rápido. Vivimos cada día sin pensar en si lo que hacemos sirve para algo, perdemos el tiempo como si pudiésemos recuperarlo, pensamos que somos eternos cuando, está claro, todos caducamos.
Y es en el trascurso de ese tiempo cuando has cambiado, sí, y tú no te has dado cuenta. Has dejado atrás a mucha gente a la que se supone que deberías echar de menos y en cambio ahora no recuerdas, has cambiado los juguetes por los apuntes y los bolígrafos, has cambiado tu mente inocente por una un poco más madura. Quizá demasiado madura. Has cambiado las risas continuas por los lloros a escondidas, esa vida sin preocupaciones por rayadas nocturnas, esa confianza que tanto te liberaba por guardar los secretos que te avergüenzan.
Sí, en el transcurso de esos años, meses, días, minutos y segundos hay algo que ha cambiado. Tu forma de verte. Dejas de preocuparte por ser como tú quieres y empiezas a centrarte en ser como los demás, una copia exacta, sin personalidad. Te dejas llevar por modas, ideologías y tonterías varias y no lo cuestionas, para ti es lo normal. Pierdes tus principios y haces cosas que nunca habías pensado que harías solamente para encajar, para ser quien no eres.
Hasta que empiezas a cuestionarte las cosas y te planteas si de verdad merece la pena llevar esa máscara, si te gusta ser la oveja negra pintada de blanco solo para que no te den de lado, para "encajar". Y empiezas a autocompadecerte mientras piensas que la culpa la tienen los de fuera y no tú. La cosa está en que muchas veces no nos paramos a mirar y, por lo tanto, no nos damos cuenta de que a nuestro alrededor hay otras ovejas negras, que no estamos solos, que puede haber alguien que nos acepte tal y como somos, que nos entienda.
En fin, creo que se me ha ido un poco del tema, pero bueno. Hay veces en las que no es malo el pararse a pensar, en analizarse y recordar que, aunque a veces digan lo contrario, ser raro no es malo, de hecho es lo mejor que te puede pasar.